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El Síndrome de Piernas Inquietas (SPI) es una de las causas médicas más frecuentes del insomnio. Consiste en la aparición de molestias en las piernas durante situaciones de reposo, junto con la sensación imperiosa de necesidad de moverlas, lo que aliviará temporalmente la sintomatología. Aunque fue descrito en el siglo XVII por el médico inglés Willis, el Síndrome de Piernas Inquietas (SPI) es, sin embargo, un auténtico desconocido para las personas que lo padecen, a pesar de ser una enfermedad frecuente.

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En España la sufre un 5,8% de la población entre 18 y 65 años, porcentaje que aumenta hasta el 15% entre las personas de mayor edad. En los países occidentales, entre un 5 y un 10% de la población adulta padece este trastorno, cifra que es aún más elevada en las personas de más de 65 años, situándose entre el 15 y el 20%.
Puede considerarse una enfermedad infradiagnosticada e infratratada, pese a su frecuencia y a que existen tratamientos eficaces en la actualidad.
La enfermedad comienza a padecerse de manera esporádica durante la infancia, pero es a partir de los 40 años cuando se hace más continuada y las molestias son más fuertes.

Su sintomatología consiste en la aparición de molestias en la parte inferior de las piernas, como hormigueos, pinchazos, dolor, desasosiego o necesidad de movimiento y tiene como principal característica su aparición en situaciones de reposo, aliviándose con el movimiento. Los síntomas parecen empeorar durante períodos de estrés o de disturbios emocionales, y afectan principalmente durante la tarde y las primeras horas de la noche, por lo que las personas que lo sufren suelen notar las molestias cuando se van a la cama.

Quienes padecen el SPI suelen sufrir insomnio y ven reducida en un 50% la capacidad de cubrir sus necesidades diarias de sueño. A consecuencia de la perturbación del sueño, repercute negativamente en la calidad de vida diurna. El dormir mal cambia el carácter, crea problemas emocionales, aumenta la agresividad, acarrea problemas a la hora de conducir un coche e, incluso, el tener que hacer un viaje largo sentado en avión, puede convertirse en un auténtico drama.

Las personas que sufren el SPI, al desconocer lo que realmente les ocurre, y ante la negatividad de las pruebas  que se le realizan para descartar otras patologías, por ejemplo la claudicación, llegan a pensar que tienen una enfermedad psiquiátrica.

Los pacientes no asocian el malestar que sufren en las piernas con sus trastornos del sueño y tienen dificultades para explicar a su médico lo que en realidad le sucede. A ello se añade el que con frecuencia los médicos no piensan en el SPI a la hora de realizar el diagnóstico diferencial de la patología que el sujeto presenta.

Pese a todo, a lo largo de las últimas décadas se ha producido un gran avance en el conocimiento de las causas y el tratamiento de esta enfermedad. Parece que una disminución de la dopamina, o de la actividad de los receptores de dicha sustancia en el cerebro, sería la principal causa que originaría el síndrome. Un déficit en la utilización, transporte y almacenamiento de hierro en el cerebro podría estar implicado en la etiología de la enfermedad, lo que impulsaría al sistema nervioso central a enviar señales confusas a brazos y piernas, según una reciente investigación. Además, la falta de hierro provocaría problemas en la producción de dopamina. Un único estudio preliminar con SPECT (single photon emission computed tomography) sugiere un déficit de receptores dopaminérgicos D2 en el síndrome de piernas inquietas.

En el 70% de los casos no vamos a encontrar ningún factor causal, por lo que se etiquetan como primarios. De éstos, aproximadamente un 30% tienen miembros entre sus familiares con el mismo problema,  sospechándose causas genéticas. Los estudios de agregación familiar muestran un patrón de transmisión autosómico dominante. Además, existe la evidencia de que en las familias afectadas la edad de comienzo de los síntomas se adelanta en cada generación.

En los restantes casos, llamados secundarios, se considera que existe una vinculación causal entre este síndrome y otra patología previa. Así, es común la aparición de este cuadro en las situaciones en las que exista un déficit de hierro. También se produce durante el tercer trimestre del embarazo. En pocas ocasiones, el embarazo actúa a modo de «factor precipitante», permaneciendo el cuadro de manera crónica tras el parto.
Aproximadamente la mitad de las personas que padecen de insuficiencia renal crónica presentan este síndrome. También existe una vinculación causal con las neuropatías periféricas, principalmente por amiloidosis, criogiobulinemia, formas axonales hereditarias.
Se sospecha una relación causal en personas con déficit de ácido fólico, diabetes, artritis reumatoide, insuficiencia venosa, mielopatías y radiculopatías, aunque faltan estudios concluyentes.

Tratamiento del Síndrome de pierna inquietas:

El objetivo terapéutico consiste en intentar mitigar los síntomas: sensación de inquietud en las piernas que desaparece al movilizarlas, insomnio secundario a la imposibilidad de estarse quietos y presencia de mioclonus nocturno (sacudidas de las extremidades).

•    Dopaminérgicos: ropirinol (una dosis nocturna de 0,5 mg como inicio, pudiendo aumentar hasta 2 mg repartidos en dos-tres tomas), pramipexol (uno o dos comp. de 0,18 mg antes de acostarse o repartidos en dos tomas), pergolida, bromocriptina y levodopa. Los dos primeros son los de primera elección. En breve se comercializarán nuevos agonistas dopaminérgicos que han demostrado ser eficaces.

•    Benzodiazepinas: clonazepam (0,5-mg en una dosis nocturna). Puede probarse cuando han fallado las anteriores opciones.

•    Opioides: dihidrocodeína, metadona, tramadol. Sólo en casos extremos y bajo estricto control hospitalario.

•    Anticonvulsivantes: gabapentina, carbamazepina.





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